PÁGINA 01 DE 10Una carta desde el presente
Los niños todavía no pueden decidir sobre el mundo que heredarán. Esa responsabilidad, por ahora, nos corresponde a quienes somos adultos.
Somos nosotros quienes diseñamos las instituciones, desarrollamos tecnologías, tomamos decisiones económicas y elegimos representantes. Con nuestras decisiones, y también con nuestras omisiones, estamos construyendo buena parte del mundo que ellos recibirán.
Escribo estas líneas pensando en mi nieto Nico. Él pertenece a la generación que convivirá con las consecuencias de muchas decisiones que estamos tomando ahora. Esa idea atraviesa este libro.
PÁGINA 02 DE 10El futuro sigue abierto
Tenemos conocimientos, tecnologías y posibilidades de cooperación que ninguna generación anterior tuvo a su alcance. Podemos producir más, comunicarnos de manera instantánea y compartir conocimiento a escala planetaria.
Pero esas mismas herramientas están transformando el trabajo, concentrando nuevas formas de poder e influyendo sobre nuestra atención, nuestras decisiones y nuestra manera de relacionarnos.
Podemos llegar a 2050 con tecnologías extraordinarias y personas cada vez menos capaces de decidir sobre las fuerzas que organizan sus vidas. O podemos aprender a gobernar esas transformaciones y ponerlas al servicio de una sociedad más libre.
PÁGINA 03 DE 10Una pregunta pública
Humanidad 2050 nació de una inquietud personal que terminó convirtiéndose en una pregunta pública: ¿qué podemos aportar quienes hoy somos adultos al mundo que recibirán quienes todavía no tienen la posibilidad de decidir sobre él?
No escribí este libro para predecir el futuro ni para confirmar nuestros temores. Lo escribí para aportar ideas, experiencias y herramientas que nos ayuden a pensar con mayor libertad qué queremos conservar, qué necesitamos cambiar y qué estamos dispuestos a construir juntos.
No conozco todas las respuestas. Pero todavía podemos participar en ellas.
PÁGINA 04 DE 10Cuando todo se rompe
La cooperación constituye una de las capacidades que hicieron posible el desarrollo humano. Nuestra especie sobrevivió y prosperó formando grupos capaces de transmitir conocimientos, distribuir tareas, cuidar a sus integrantes y acumular experiencia entre generaciones.
Ninguna persona podría producir por sí sola los conocimientos, alimentos, cuidados, infraestructura y protección que necesita para vivir. La comunidad amplía aquello que cada individuo puede hacer porque permite combinar capacidades diferentes alrededor de necesidades compartidas.
PÁGINA 05 DE 10La comunidad como tecnología social
Mirada desde esta perspectiva, la comunidad deja de ser solamente una forma cultural de convivencia. También puede entenderse como una tecnología social desarrollada durante miles de años para ampliar las capacidades humanas frente a problemas que ningún individuo podría resolver aisladamente.
No reemplaza el talento ni la iniciativa personal: los potencia. Una idea encuentra quien la mejore; una dificultad, quien ayude a resolverla; y un conocimiento, quien lo transmita.
PÁGINA 06 DE 10La fragilidad que no veíamos
Durante décadas, la globalización fue admirada por su extraordinaria capacidad para aumentar la eficiencia. Pocas veces nos deteníamos a pensar cuánto dependía nuestra vida cotidiana de cadenas logísticas que jamás veíamos.
Bastó una interrupción para descubrir otra cara del mismo fenómeno. Comprendimos que la eficiencia constituye una condición importante, aunque deja de ser suficiente cuando desaparece la resiliencia.
A partir de allí comenzó a recuperar importancia una palabra que parecía haber perdido protagonismo: territorio.
PÁGINA 07 DE 10El territorio también produce libertad
Las personas no desarrollan un sentido de pertenencia hacia un mapa. Lo desarrollan hacia el lugar donde construyen relaciones, crían a sus hijos, conocen a sus vecinos, emprenden proyectos y participan de la vida cotidiana.
El territorio es el ámbito donde la democracia deja de ser una idea abstracta y adquiere rostro humano. Allí las decisiones tienen consecuencias visibles. Allí también aparecen la confianza, la responsabilidad compartida y la posibilidad de resolver problemas comunes.
PÁGINA 08 DE 10La tecnología puede distribuir capacidades
Con frecuencia se presenta la tecnología como un proceso inevitable que concentra capacidades en grandes organizaciones. Sin embargo, la misma innovación también puede utilizarse para distribuir conocimiento, ampliar la autonomía y facilitar que las personas recuperen capacidades delegadas.
La autonomía tecnológica de un territorio no depende de producir por sí mismo todo aquello que utiliza, sino de conservar conocimientos suficientes para comprender, adaptar, reparar y decidir sobre una parte de las tecnologías de las que depende.
La soberanía tecnológica no es autosuficiencia: es capacidad de decisión.
PÁGINA 09 DE 10Gobernar cerca, cooperar lejos
La cuestión central no es elegir entre lo local y lo global, sino asignar cada decisión a la escala donde pueda resolverse con mayor eficacia, conocimiento y control democrático.
Este principio puede formularse de manera sencilla: gobernar tan cerca de las personas como sea posible y cooperar tan lejos como sea necesario.
Una comunidad gana autonomía cuando puede resolver aquello que está a su alcance y también cuando dispone de instituciones capaces de cooperar eficazmente allí donde necesita a los demás.
PÁGINA 10 DE 10Una capacidad para construir futuro
La proximidad, por sí sola, no garantiza democracia, eficiencia ni justicia. Una comunidad puede reproducir desigualdades o quedar capturada por intereses particulares. Su fortaleza depende de instituciones abiertas, capacidad de aprendizaje y vínculos con otras escalas.
La comunidad adquiere su mayor valor cuando amplía aquello que las personas pueden hacer por sí mismas y aquello que pueden construir juntas.
La escala del mundo puede seguir creciendo. La democracia necesita conservar lugares donde las personas todavía puedan alcanzarla.